Guido d´Arezzo fue, en este contexto un claro espíritu renovador y en esa personalidad inquieta se fundamenta su deseo de encontrar nuevas formas para la transmisión de los conocimientos musicales. Angelo Rusconi, en el ensayo central de este número, realiza un excelente ejercicio de contextualización histórica de los avances musicales de Guido de quien dice que “quería liberar al cantante por completo y concibió un método para repentizar sirviéndose de libros con pentagramas.
Los cantantes no tenían que aprenderse ya la melodía de memoria, sino los elementos que conformaban cualquier melodía, los sonidos y los intervalos. De este modo el cantante podía entonar por sí mismo una melodía desconocida escrita en notación sobre un pentagrama”. En la época medieval se centra también el ensayo de Susana Zapke Aproximación al Códice litúrgico-musical de la cultura hispano-visigoda en el que se analizan los valores intangibles que envuelven al códice medieval a través de un muestrario de fuentes litúrgico-musicales de los siglos X al XII, únicas tanto por su exquisita factura como por su particular contenido en tanto transmisoras del rito hispano-visigótico, abolido en el siglo XI con motivo de un complejo entramado de intereses no tanto religiosos, como políticos y socio-económicos.
Gianluca Capuano nos introduce en la biografía de una de las personalidades más apasionantes del siglo XVII, el jesuita Athanasius Kircher, quien entre otras muchas aportaciones en los más diversos campos de la ciencia, realizó investigaciones fundamentales en el ámbito de la teoría de la música. William Yeoman nos lleva al siglo XVIII con su ensayo sobre la guitarra barroca en el que ofrece una panorámica de la guitarra barroca de cinco órdenes y nos presenta las ediciones de algunos de sus compositores más significativos en Francia, España y Alemania durante los siglos XVII y XVIII. Finalmente Brian Robins mantiene una de sus habituales y amenas charlas con Jean Tubéry, cornetista francés y director de La Fenice.