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Cuando terminó en Basilea en 1997, Carlos Mena fue considerado ya como una gran promesa, como un intérprete versátil y lleno de posibilidades, capaz de abarcar un amplio repertorio que va desde la música medieval a la contemporánea. Su primera apuesta interpretativa fue, no obstante, la del repertorio antiguo, y así comienzó a ser un solista habitual con las más importantes agrupaciones y directores de Europa. Con estos grupos y directores ha visitado las salas más relevantes, y en 1997 hizo su debut en la ópera con el papel gluckiano de Orfeo, en el Teatro Guaira de Curitiba (Brasil), en versión de C. Harmuch, con la Orquesta Sinfónica de Paraná bajo la dirección de A. Colaruso. A ese debut siguieron sus interpretaciones en el Orfeo de Monteverdi con Savall en la dirección; la Rappresentazione di Anima e Corpo de Cavalieri en Bruselas dirigida por J. Tubery; el Radamisto de Handel en la Felsenreitshule –para el Pfingsten Festspiele de Salzburgo– en la primera puesta en escena de una ópera de Handel de este festival en sus 80 años de historia. Más tarde regresó al Orfeo de Monteverdi en una coproducción de la Innsbrucker Festwoche de Innsbruck y de la Staatsoper de Berlín con B. Kosky en la dirección artística y R. Jacobs al frente de la Akademie für Alte Musik Berlin y al Concerto Vocale. El pasado 2004 volvió a Salzburgo para representar Il Trionfo de Handel en la Grosses Festspielhaus.
Ahora se cumplen sus diez primeros años de carrera profesional, una carrera que ha visto evolucionar no sólo al cantante sino también al hombre. Y Mena se siente muy orgulloso de esta evolución personal que cree que ha aportado aspectos esenciales a su carrera.
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La verdad es que no estoy muy cansado, aunque este mes ha sido un poco loco... Esto es algo que ha cambiado mucho en los últimos tiempos. Antes ofrecía diez o doce conciertos en un mes y estaba cansado. Incluso, a veces, con seis conciertos me sentía saturado. Ahora, como las cosas que hago realmente me apetecen, llego con energía y salgo airoso, no tengo altibajos ni cansancio.
También he cambiado mucho ciertos aspectos técnicos de la voz, del cuerpo. Trabajo con un terapeuta que me ayuda a conocer mi cuerpo. Mi conciencia del cuerpo, de la voz, de lo que quiero decir, de lo que sale de mí, es ahora mucho mayor, con lo cual el desgaste psicológico es menor porque, en el fondo, no espero nada especial de mi vida. No espero, por ejemplo, un resultado concreto de un concierto. Prefiero vivirlo.
Pero sí espera hacerlo bien en cada concierto, que le aplaudan...
Yo he tenido una formación muy férrea, tanto en lo personal como en mi preparación como cantante en Basilea, en la Schola Cantorum. He sido víctima durante muchos años de esa educación tan férrea, y lo seguiré siendo toda mi vida porque lo que somos lo somos para siempre. Hace unos años uno de mis principales objetivos era que el concierto fuera perfecto, de acuerdo con una idea preconcebida. Si no respondía a esta idea de perfección, me “perdía” lo que sucedía en el concierto... Me perdía muchos detalles que eran importantes desde el punto de vista musical. Ahora, al programar menos recitales, esta idea de que el objetivo es la perfección, conseguir ese aplauso, se ha desvanecido y lo que hago es disfrutar más de la música en sí misma.
Parece como si se hubiera propuesto cantar más para sí mismo que cantar para el público
Creo que en todas las profesiones pasará algo parecido. A los cantantes la sociedad nos empuja a que cantemos para gustar, para exhibirnos. Yo no puedo pretender trabajar para gustar a la gente, o a toda la gente. Otra cosa es que al público le guste lo que hago... Pero lo realmente importante es que esté conforme conmigo mismo. Si no me gusta, estoy vendiendo una mentira; podré hacer lo que el público espera de mí, pero yo espero otra cosa de mí. Si lo que estoy haciendo no tiene relación con la esencia de mi yo, de Carlos Mena, entonces este trabajo de conciencia corporal y ética no me habrá ayudado a reencontrarme con mi interior y a tener un mayor contacto con la música. Afortunadamente, no ha sido así. Es verdad que tengo menos relación con el público. Siempre pensé que el músico debe estar en contacto con la música, lo mismo que el público. Pero no hay un puente directo entre el público y el músico. Dos oyentes que están en una circunstancia personal y anímica diferente no van a tener la misma respuesta ante una misma música.
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