Durante el siglo xviii Nápoles fue una de las más importantes y pujantes ciudades de Europa.
Asfixiante, sucia y superpoblada, era una ciudad llena de vida y color, que fluía desde la corte y la iglesia hasta las calles.
El viajero francés Charles de Brosses escribía, en 1739, que para él era Nápoles, y no Roma, la que poseía el aura de una capital:
"Para mí, Nápoles es la única ciudad de Italia que realmente puede considerarse como una capital. El tráfico, su gran población, el ruido continuo y el caos de tantísimos carruajes, su brillante corte, los magníficos modos de la nobleza local… todo parece haberse conjurado para dar a Nápoles el aspecto vivo y animado que se percibe en Londres y en París pero del que Roma carece por completo". (Lettres historiques et critiques sur l’Italie [1739-1740; edición póstuma 1799]) |
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