El centro operístico de Europa
Seis años después de estrenarse el Orfeo, su compositor fijó su residencia en Venecia tras haber obtenido el prestigioso puesto de maestro di cappella de la basílica de San Marcos. Para entonces, Monteverdi había compuesto otra ópera para la corte de los Gonzaga en Mantua, la Arianna de 1608, actualmente perdida; en aquel momento, sin embargo, las posibilidades con que contaba Monteverdi para componer y producir ópera en Venecia eran escasas o, incluso, nulas. La posición constitucional del Dogo, un cargo electo y no un soberano absoluto, imponía graves limitaciones económicas a los gastos de su hacienda personal; sus circunstancias eran, por tanto, muy distintas de las de los adinerados autócratas que regían los ducados italianos. El mecenazgo recaía, pues, sobre los aristócratas venecianos. Uno de ellos, Girolamo Mocenigo, miembro de una familia patricia de cuyos antepasados habían salido varios dogos en siglos anteriores, encargó a Monteverdi dos obras dramáticas. Aunque es difícil considerar Il Combatimento di Tancredi e Clorinda como una ópera (Monteverdi lo publicó más tarde en su Octavo Libro de madrigales), el prólogo a la partitura afirma explícitamente que la obra se pensó para ser interpretada con acción dramática, y así se hizo realmente en su estreno en el Palazzo Dandolo de la Riva degli Schiavoni (el actual Albergo Danieli), en 1624 ó 1625. No hay duda, en cambio, de la condición operística de Proserpina rapita, la otra obra escrita por Monteverdi para Mocenigo. Fue compuesta para la boda de Giustiniana, hija de aquel aristócrata, celebrada el 16 de abril de 1630, y es por desgracia otra de las óperas perdidas de Monteverdi. Se trataba de una “favola” en música con libreto de Giulio Strozzi y los testigos contemporáneos describieron la representación que siguió al suntuoso banquete, ofrecido en el Palazzo Dandolo, diciendo que “había sido interpretada con las voces e instrumentos más perfectos, con apariciones por el aire, cambios de escenario y otras cosas por el estilo”.
Proserpina rapita es la primera “ópera de corte” cuya representación en Venecia está documentada y constituyó una excepción. En el momento de su estreno, el centro de la producción operística se había desplazado de manera clara de Florencia a Roma, donde compartía escenario con las representaciones dramáticas sacras, sin que en muchos casos sea posible distinguir un género de otro. Durante las décadas de 1620 y 1630, los grandes palacios de mecenas romanos ricos e influyentes ofrecieron un cúmulo de óperas cortesanas fastuosamente producidas. Las partituras, obra de compositores como Domenico Mazzochi, Steffano Landi (cuya Morte d’Orfeo, grabada en Accent, ocupa un lugar importante en la historia de las óperas órficas) y los Rossi (Michelangelo y Luigi) fueron publicadas a menudo en ediciones espléndidas que celebraban la generosidad de aquellos mecenas.
La hegemonía de que gozó la ópera romana iba a tener una vida corta y su impulso se vio minado por la muerte del papa Urbano VIII (el cardenal Maffeo Barberini) en 1644, y por una nueva circunstancia que tendría como resultado la transformación de Venecia en el centro operístico de Europa. Sus raíces se hallan en el súbito acceso de popularidad de la commedia dell’arte que afectó a la ciudad en la década de 1630. Durante los primeros años de la década, las familias nobles venecianas habían competido por construir teatros donde esos espectáculos se representaban ante públicos socialmente heterogéneos; los pequeños edificios, levantados a menudo apresuradamente, denotaban el prestigio de la familia respectiva al adoptar su apellido. Más tarde, aquellos edificios se reconstruirían con mayor porte y algunos estarían destinados a ocupar un lugar en la historia de la ópera. El puesto de honor iba a corresponder al recién construido Teatro Tron, conocido hoy generalmente como S. Cassiano por el distrito donde se halla emplazado, y que en 1637 fue testigo de la primera representación mundial de una ópera con carácter público. La música de la obra en cuestión, L’ Andromeda, se ha perdido, lo mismo que las de otras óperas compuestas por su autor, Francesco Manelli, quien, en colaboración con el libretista de L’ Andromeda, Benedetto Ferrari (también compositor y cuyo oratorio Sansone ha sido uno de los grandes descubrimientos de los últimos años: ver Goldberg 13), fue el responsable de espolear la febril actividad operística de los años siguientes. A finales de 1639 aparecieron otras tres óperas de Manelli, la última de las cuales fue puesta en escena en el teatro de los SS. Giovanni e Paolo, construido por la famosa familia Grimani y abierto a principios de aquel año bajo la dirección de Ferrari.
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