| En 1645, el cronista inglés John Evelyn visitó Venecia y se encontró allí con una forma de entretenimiento que, al parecer, consideró novedosa:
Comedias y otras obras teatrales representadas con música recitativa por los más excelentes intérpretes vocales e instrumentales, además de múltiples escenarios pintados e ideados con un arte de la perspectiva nada desdeñable, junto con máquinas para volar por el aire y realizar otros movimientos maravillosos. En conjunto, todo ello constituye, sin duda, una de las diversiones más espléndidas y costosas que pueda inventar la imaginación del ser humano.
El exótico pasatiempo descrito por Evelyn era, por supuesto, la ópera. Difícilmente puede sorprendernos que aquella forma le resultara una novedad: los primeros teatros públicos de ópera se habían fundado en la ciudad de los dogos hacía menos de diez años. Durante los primeros cincuenta, más o menos, de su historia, la ópera había sido coto exclusivo de príncipes y aristócratas, un entretenimiento cortesano que debía tanto al esplendor de los intemerdii renacentistas como al nuevo impulso dramático que tuvo su expresión en la invención del stile recitativo. Desde sus primera manifestaciones en Florencia, la ópera descubrió enseguida al genio capaz de elevar aquella forma naciente a una madurez inmediata. El 24 de febrero de 1607, el estreno del Orfeo de Claudio Monteverdi en uno de los salones del palacio ducal de Mantua, acontecimiento escuchado y presenciado por un grupo reducido y selecto y que marcaría un hito histórico, puso inadvertidamente la primera piedra de una forma musical que alcanzaría en el mundo entero una popularidad que no ha menguado. |
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