| Un inventario de los instrumentos que aparecen en las tres docenas de cuadros conservados de Johannes Vermeer de Delft (1632-75) incluiría tres virginales muselar, un clavicémbalo, tres bajos de viola, cuatro cítolas, una guitarra, una trompeta y quizás una flauta dulce. Estos instrumentos, junto con las sillas con cabezas de león, los mapas arrugados, las alfombras turcas y los suelos de baldosa ajedrezados, son tan esenciales de los interiores típicos de un Vermeer como sus enigmáticas jóvenes y la iluminación sesgada, casi sobrenatural: una luz que santifica la domesticidad con un aura que había pertenecido hasta entonces al arte religioso. La pintura holandesa de la Edad de Oro está llena de instrumentos musicales y no nos resultaría difícil, probablemente, oírles tocar una música enérgica para las bulliciosas familias y los boers de las tabernas de Jan Steen o interpretar con mayor refinamiento para las damiselas de Gerard Ter Borch, vestidas con prendas de satén. Pero cuando llegamos a Vermeer, la imaginación se ve obligada a romper un silencio más profundo. |
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