| Me tropecé por primera vez con la viola da gamba cuando tenía doce años, tras dos años dando clases de violonchelo con el violonchelista americano Fortunato Arico, al que todos llamábamos Freddy. Con el paso de los años, Freddy había expandido su virtuosismo hacia el pasado, primero al violonchelo barroco y a continuación a la viola da gamba. En el Nueva York de los años setenta, la viola da gamba era aún una verdadera rareza, un instrumento exótico y desconocido, sólo un poco más identificable que el Theremin. A Freddy le gustaba dar conciertos proselitistas, en los que se presentaba como una especie de espectro musical de Marley, con sus instrumentos antiguos y nuevos guardados en sus fundas y colgados de sus hombros. Fue en uno de esos conciertos donde le oí tocar las Pièces de viole de Couperin en su hermosa y antigua Gofriller. Las numerosas y evocadoras imágenes de Dowland, en las que alguien siente cómo le traspasa la flecha del amor, se ajustan exactamente a mi caso. Nunca había oído este tipo de música, este tipo de sonido. Fue amor a primera, segunda y tercera vista, amor que habría de ser eterno e inmutable. En suma, a partir de aquel momento me enganché a la viola da gamba y quise lo antes posible tocarla yo mismo. |
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