Cuando John Dowland publicó Lachrimæ or Seaven Teares (Lágrimas o Siete lágrimas), en la primavera de 1604, rondaba los cuarenta años y se hallaba en plenas facultades. Era probablemente el laudista más famoso de Europa y ocupaba un puesto de prestigio en la corte de Cristián IV de Dinamarca.
Aunque él mismo no había publicado ninguna de sus piezas para laúd, su música había circulado ampliamente en forma manuscrita y había aparecido impresa en parte en colecciones editadas en Inglaterra y el continente. Su First Booke of Songes or Ayres (Primer libro de cantos o aires) causó un revuelo en el momento de su publicación, en 1597. Fue la primera colección inglesa editada como table layout (con las partes distribuidas perimetralmente en una misma página a fin de que los intérpretes pudieran leerlas en un solo ejemplar), y popularizó un nuevo tipo de canción basada en ritmos y estructuras de danza y no en el contrapunto, preferido por los anteriores tipos de canción inglesa. Fue también el modelo de las recopilaciones posteriores de canciones inglesas para laúd.
Y, sin embargo, Dowland no era una persona feliz. Había fracasado reiteradamente en sus intentos por conseguir en su país el ansiado reconocimiento, que para él se concretaba en un puesto de laudista en la corte inglesa: sus aspiraciones habían sido desatendidas en 1594 y, nuevamente, en 1597-98. El problema fue, al parecer, la religión. Dowland se había convertido al catolicismo durante una estancia en París, siendo un adolescente al servicio del diplomático sir Henry Cobham, y había despertado las sospechas de las autoridades inglesas en 1595, por haber tenido tratos en Florencia con un círculo de católicos ingleses implicados en una conjura contra la reina Isabel. El 10 de noviembre de 1595 escribió desde Núremberg una larga e histérica carta a sir Robert Cecil (secretario de Estado de la reina) afirmando su inocencia, pero debió ser muy ingenuo si pensó que iban a creerle.
En general, Dowland parece haber sido un hombre difícil y sensible, con altibajos de arrogancia y depresión, y fue a menudo para sí mismo su peor enemigo. En frase de su amigo el escritor Henry Peacham, “dejó escapar muchas oportunidades de mejorar su suerte”. |
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