No sólo en lo musical Johann Sebastian Bach representa una cima de Occidente, sino también uno de los puntos culminantes de su cultura. Contemporáneo de Newton y Leibniz, de Vico y Montesquieu, vivió un momento crucial en una Europa que comenzaba a asumir, de un modo definitivo, la escisión entre el mundo antiguo y el moderno.
Su mirada es capital para entender el paso hacia un nuevo ideario, del que se desprende, en su caso, una forma distinta de pensar la música. Anton Webern, con buen criterio, sostenía que “todo se operaba y producía” en Bach, y que tras él la música había emprendido un camino no conocido hasta entonces.
Objeto de una extraordinaria bibliografía, Bach sigue siendo, sin embargo, una incógnita, un hombre de perfil difuso, un espíritu de compleja aprehensión, alguien que supo ver las fisuras de la Razón sin renunciar a ellas.
Quizá por esta causa admita tantas interpretaciones, tantas visiones que lo observan unas veces como prodigioso arquitecto, otras como un matemático que nos conduce a las propuestas de Gödel, una mente dotada para el ejercicio especulativo hasta lo indecible, aunque ello no entre necesariamente en contradicción con la apreciación que lo define como un místico, un ser que entendió su esencia en la espiritualidad.
Ciertamente, Bach nos propone en su música una inaudita metáfora de lo humano. Pero, más allá del pentagrama, ¿por qué no acudir a sus lecturas, al rincón íntimo de su biblioteca, a las ideas que configuraron su tiempo?
Tal vez hallemos alguna respuesta, una vía que ayude a mirar más fijamente aquellos ojos que nos contemplan desde el cuadro pintado en 1746 por Elias Gottlob Haussmann, donde el Cantor muestra el Canon triplex a 6 (BWV 1076).
Acerquémonos, pues, a Bach. |
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