| La última de las quince velas ya ha sido apagada. “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo”, suena, a oscuras, desde el coro. Es el Oficio de Tinieblas, en Sábado santo, y quien ha escrito la música ha hecho de las tinieblas su oficio. Don Carlo Gesualdo, Príncipe de Venosa y Conde de Conza, sobrino de los cardenales San Carlo, Alfonso, Arzobispo de Nápoles, y Federico Borromeo, nieto del Papa Pío IV y marido y asesino de su prima, Maria d’Avalos, entrononizado en el siglo XX por Stravinsky y personaje central de una ópera de Alfred Schnittke, permanece sin embargo en penumbras.
Sus biografías abundan en títulos como músico y asesino, príncipe del sufrimiento o asesino a cinco voces. Su música, o por lo menos los dos últimos de sus seis libros de madrigales y sus finales Responsoria et alia ad Officium Hebdomadæ Sancta spectantia, publicados por su impresor particular en 1611, fue olvidada durante tres siglos y resurgió, impregnada de un aura premonitoria, leída desde la crisis del relato tonal-funcional. Para la mirada del presente, las alteraciones cromáticas, las disonancias y los extremos contrastes expresivos de Gesualdo suenan a visionarios. Tal vez por eso crece la leyenda. |
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