El fortepiano utilizado por Marcia Hadjimarkos es una copia de un Sebastian Lengerer de 1793 fabricado por Christopher Clarke. Lengerer adquirió el oficio como aprendiz de Johann Andreas Stein, cuyos instrumentos, muy caros, recibieron efusivos elogios de Mozart en cartas que escribió su padre el año 1777 por su superioridad mecánica (y por tanto musical). Después de su traslado a Viena, Mozart encargó la construcción de un piano a Anton Walther, copias del cual se oyen a menudo en grabaciones de su música para teclado con instrumentos originales.
Los fortepianos de Lengerer conservaban la característica claridad y transparencia tímbrica de los Stein, cuyo sonido era más seco que el de los, me atrevería a decir, algo menos refinados Walthers, de timbre más redondo y mayor volumen sonoro. Hadjimarkos explota hermosamente estas cualidades en su recital, compuesto por las sonatas K. 333, 545, la 457 y los rondós K. 485, 494 y 511. Su pianismo gentil, casi introvertido y sin embargo inteligente, evoca la famosa orden de Mozart a su hermana diciéndole que no practicara demasiado Clementi “… para no estropear su pulsación tranquila y regular, y que su mano no pierda su ligereza, su flexibilidad, ni su rápida suavidad naturales”. Junto a la asombrosa sensibilidad de su pulsación, sobresalen dos elementos en el modo de tocar de Hadjimarkos: su muy flexible aproximación a los tempi y su ingeniosa ornamentación, en ocasiones de osada sobreabundancia, pero siempre idiomáticamente pertinente. Resumiendo, ésta es para mí la grabación más satisfactoria de Mozart al fortepiano que he oído en unos cuantos años. ¡Más, por favor, y lo antes posible! CHRISTOPHER PRICE